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El silencioso duelo de los hijos de migrantes senegaleses desaparecidos en el mar
El silencioso duelo de los hijos de migrantes senegaleses desaparecidos en el mar / Foto: PATRICK MEINHARDT - AFP

El silencioso duelo de los hijos de migrantes senegaleses desaparecidos en el mar

"Desde entonces me volví silencioso", murmura Fallou, de 12 años, cuando rememora la muerte de su madre al naufragar la piragua con la que intentó alcanzar territorio europeo desde Senegal.

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Sokhna cuenta, por su lado, que vive atormentada por unos sueños en los que reaparece su padre desaparecido en el mar.

En Senegal los apodan "los que se quedan". Son los huérfanos que se enfrentan a una insoportable espera y al duelo imposible por los "ausentes presentes": sus padres fallecidos en el mar, o de los que no se tuvo más noticia tras desaparecer su embarcación.

El número de estos muertos y desaparecidos -y de sus hijos- asciende al menos "a miles" en Senegal en los últimos años, indica a la AFP Saliou Diouf, fundador de la asociación "Boza Fii", que lucha contra el olvido de las personas migrantes desaparecidas.

En la ciudad portuaria de Mbour sigue habiendo un tabú en torno a la decisión de partir tomada por sus padres.

También existe el miedo de las familias a hablar, ya que las autoridades vienen aplicando un enfoque represivo para impedir la salida de piraguas y detener a traficantes de personas.

"Lloré mucho (...) Luego me dije que es la voluntad divina", susurra Fallou con una dicción entrecortada, evocando la muerte de su madre.

En Tefees, barrio de pescadores de callejuelas arenosas y casitas precarias, Fallou y su hermano de nueve años están felices de reencontrarse, apoyados uno contra el otro en la habitación y única estancia habitable de su abuela, Ndeye Ndiaye.

Sus vidas cambiaron radicalmente cuando su madre, Awa, de unos treinta años, murió en Marruecos en 2024, tras el naufragio de una piragua.

Desde esta tragedia, "me volví silencioso", dice Fallou. El niño no habla de ello ni con su abuela ni con sus amigos, sólo con su padre durante sus visitas. "Él me cuenta que mi madre era una buena persona", relata.

Como ocurre a menudo en las familias donde la madre migrante desapareció, la familia se desintegra.

El padre volvió a vivir con su propia familia y los niños se quedaron con su abuela. Pero, acorralada por la pobreza, tuvo que separar a los hermanos, confiando al más pequeño a su padrino.

Awa no había informado a su madre de su proyecto, pero lamentaba con frecuencia verla "cansada" y quería "ayudarla más".

- "Reza por mí" -

"Simplemente me dijo que tenía que ir a Dakar", la capital, comenta Ndeye. Pero una noche Awa la llamó: "Mamá, tomé una piragua para llegar a Europa y quisiera que reces por mí".

Dos semanas de angustia después, una llamada les anunció su fallecimiento en un hospital de Marruecos.

"No me devolvieron su cuerpo y sigo atrapada en eso", murmura Ndeye, incapaz de contener las lágrimas. "Ver a niños, inocentes como ellos, obligados a vivir sin madre, te afecta en lo más profundo".

En 2024 al menos 10.457 migrantes murieron o desaparecieron en la "frontera occidental euroafricana" intentando llegar a España por la peligrosa ruta atlántica, según Caminando Fronteras, la cifra más alta registrada desde el inicio del recuento realizado por esta asociación en 2007.

Impulsados por la desesperación ante la falta de oportunidades en su país (desempleo, desaparición de los recursos pesqueros, etc.) y puesto que Europa restringe visados y controla drásticamente sus fronteras, los migrantes se ven obligados a recurrir a embarcaciones clandestinas, a menudo viejas y sobrecargadas.

"Generalmente las familias no obtienen suficiente información para hacer su duelo", subraya Saliou Diouf, de la asociación Boza Fii. "La aceptación de la desaparición se vuelve muy difícil".

A veces los niños se enteran brutalmente de la noticia en la calle o en casa de vecinos. Algunos se debaten entre una espera insoportable, la negativa a aceptar la muerte y la rabia.

Es el caso de Sokhna, de 11 años, con un rostro angelical ensombrecido por una mirada dolorosa. Su madre, Fatou Ngom, junto con su hermano y su hermana, sobreviven en Mbour en una habitación y un patio alquilado compartido por varias familias.

Su padre, Assane, está desaparecido desde que la piragua en la que viajaba se incendió frente a las costas en 2022.

A Fatou simplemente le dijeron que "formaba parte de las víctimas".

- Pobreza agravada -

La madre explica que, desde entonces, Sokhna tiene momentos de "ausencia", especialmente en clase, y retraso escolar.

"A veces tiene sueños y grita 'papá' varias veces" en la habitación donde vive toda la familia.

Aunque su relación parece cercana, Sokhna explica sin rodeos que su madre, todavía abrumada por el dolor y con muchas dificultades para hablar de la desaparición de su marido, "no la comprende" cuando quiere hablarle de su padre.

"Cuando sueño con él y tengo miedo porque realmente siento que me está hablando, al día siguiente voy a ver a mi abuela", confía. "Ella me cuenta cómo mi padre cortejaba a mi madre e historias sobre él".

"Siempre pienso en mi padre cuando veo el mar", susurra. Fue su abuela, al ver su tristeza, quien le aconsejó evitar pasar por la playa y por la fila de piraguas.

A diferencia de su hermana, que mantiene su dolor enterrado, Boubacar, de 14 años, tiene dificultades para contener la emoción al recordar aquel día de 2022.

"Mi familia vino a buscar a mi madre; estaba preparando café. Dijeron: 'Assane murió en la piragua'. Ella quedó en shock, se puso a llorar y nosotros también".

"Mi padre quería construirnos una casa. Antes de lograrlo, Dios se llevó su alma", lamenta.

"Pienso a menudo en él, sobre todo cuando mi madre no tiene dinero para los gastos diarios, porque era él quien nos ayudaba a vivir", solloza.

A los 14 años, el adolescente ya trabaja regularmente después de la escuela en un taller de carpintería metálica para ayudar a su madre.

Estos huérfanos deben intentar reconstruirse en familias rotas que caen en una precariedad aún más profunda (reducción del número de comidas, abandono escolar, endeudamiento...) Muchos crecen demasiado rápido, marcados por las responsabilidades.

Cerca de Boubacar, su hermana Coumba, de cinco años, descalza y con ropa gastada, se entretiene dibujando en una pizarra colgada en la pared del patio. La pequeña creció casi sin conocer a su padre.

"Es ella quien me hace llorar porque siempre me pide noticias de su padre", confiesa Fatou. "Le respondo que está de viaje".

"Puede volverse loca si se lo explicamos ahora", añade Boubacar.

- Romper el silencio -

Amy Dramé tampoco le dijo la verdad a sus hijos de diez, seis y tres años. Su marido -que había visto cómo todos sus compañeros pescadores, acorralados por la pobreza, intentaban la travesía- la llamó desde un barco el 10 de agosto de 2024.

"Me pidió noticias de los niños y que rezara por él; fue la última vez que escuché su voz", dice, conmocionada. Un mes después las autoridades les informaron que la piragua había naufragado en Cabo Verde, sin supervivientes.

Amy sigue diciéndoles a sus hijos que su padre está en una campaña de pesca. "Son niños", murmura. "Toman mi teléfono para ver videos de su padre; no lo van a olvidar".

Intentar romper este silencio es el objetivo de un programa pionero en Senegal de atención psicosocial, iniciado en 2024.

Unos cincuenta huérfanos reciben acompañamiento de la ONG católica Delegación Diocesana de Migraciones de Senegal (DDM), que comenzó este trabajo tras constatar el sufrimiento de las mujeres de los desaparecidos, debido al "duelo ambiguo" ligado a la incertidumbre sobre la muerte.

"Observamos que muchos de sus hijos también sufrían de manera diferente, más silenciosa, con mucha rabia", explica Jordi Balsells, director de la DDM.

La ONG realiza tres giras al año por otras regiones de Senegal y lleva a cabo acompañamientos a domicilio.

En el centro de Mbour, en un edificio bañado de luz, las madres trabajan en un taller de costura para obtener una fuente adicional de ingresos mientras los niños -todos huérfanos de padres migrantes- reciben terapia.

Varios se alborotan mientras esperan.

Babacar Ndiaye, de 12 años, abrumado por la emoción, no logra hablar sobre la desaparición en 2024 de su padre, comerciante de pescado, durante el vuelco de una piragua frente a las costas de Mbour.

"Debes saber que, si quieres hablar, estamos aquí", le dice suavemente Tesa Reimat Corbella, médica especializada en el duelo y encargada del acompañamiento psicosocial.

- Estigmatización -

A diferencia de él, su hermano de nueve años, Pape Balla, muestra una seguridad sorprendente. Habla sin soltar dos figuritas de cocodrilo y de llama.

"Mi padre no quería irse, ¡pero el hombre que organizó el viaje lo obligó!", exclama, una manera de afrontar ese abandono que no comprende. "Me duele que haya desaparecido; quería que se quedara con nosotros".

"Tengo amigos en el barrio que vivieron lo mismo, pero no hablamos de ello", añade Pape, que también comparte recuerdos junto a su padre. "A menudo me compraba balones y eso me hace falta".

Al igual que Babacar, Bambi Diop, de 10 años, apenas logra articular unas palabras: "No quiero hablar de mi padre", indica.

Con delicadeza, la psicoterapeuta Katy Faye la toma por los hombros e intenta calmar su ataque de llanto. "Cuando voy a la escuela pienso en él", termina diciendo, explicando que era su padre quien a menudo la llevaba al colegio.

La niña permanece en parte en la negación, afirmando que su padre vive en otra ciudad de Senegal y que está "bien". Palabras que sorprenden a su madre, que asegura que su hija "sabe" que su padre murió en un naufragio en 2024.

Para Tesa el principal desafío "es romper el silencio" que rodea la desaparición. "Hay que empezar a poner palabras a lo que ocurrió, poder hablar con los niños sobre el recuerdo de quién era su padre y trabajar con el progenitor que se quedó".

Ella se alegra de que la ONG consiguiera crear "un espacio seguro, donde pueden compartir con otros niños".

"El hecho de que acepten lo que ocurrió y que puedan hablar de ello sin miedo y sin vergüenza, es lo más importante", resalta. Pero reconoce que "todavía queda mucho trabajo ya que en la escuela o en la calle todavía existe estigmatización".

Mamadou Diop Thioune, actor de la sociedad civil y especialista desde hace 20 años en cuestiones migratorias, lamenta que el apoyo económico y psicosocial a estas familias no sea "tenido en cuenta en nuestras políticas públicas".

Señala la falta de información por parte de las autoridades, así como la carencia de herramientas y de personal capacitado, pese a que las "consecuencias sociales" para Senegal de estas desapariciones de exiliados "son dramáticas".

En el centro de la DDM, la suave luz del final del día apacigua el ambiente. Los niños, alineados sobre colchones en el suelo, miran fascinados la película de animación Kirikú y la bruja.

La sociedad senegalesa debe estar más "sensibilizada ante la situación de los desaparecidos y sus familias", insiste Tesa. "Es importante devolver la dignidad a los desaparecidos que partieron en busca de una vida mejor", subraya.

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